Incidente

Hacer otras cosas mientras se conduce no es fácil ni recomendable, y según de qué se trate, puede ser hasta delito. Se puede escuchar música sin mayores complicaciones, incluso hablar por teléfono con el manos libres sin perder demasiada concentración. Sin embargo, observar lo que hay a los lados de la calzada ya es más complicado y peligroso.

Inocencio es una persona muy observadora, y le gusta no perder detalle de lo que se puede ver desde el automóvil. Le gusta mirar las obras civiles, los paisajes, y cuando viaja a lugares con distintas formas de vida, él observa cómo es la agricultura allí, si hay mucha industria o si hay barrios obreros decadentes. Cómo la mayoría de la gente, también observa con detenimiento cuando hay un accidente en la carretera, máxime si hay heridos o muertos.

Pero lo que llama poderosamente la atención de Inocencio, son las mujeres. Es casi una obsesión, y como si tuviera un radar, ha desarrollado la capacidad de detectar una mujer a muchos metros de distancia cuando conduce por las calles de una ciudad. No hace falta que lleve una corta falda o se mueva llamativamente para encontrar la silueta de una bonita mujer entre decenas de peatones.

Carmen, la esposa de Inocencio, no es que sea una mujer de mal ver, para nada. A sus 46 años aún conserva buena parte de la figura y el estilo que llamaba la atención de muchos mozos cuando rondaba los 25. Inocencio en ese aspecto es un hombre afortunado, seguro que muchos de los alumnos adolescentes de su mujer fantasean con tener entre sus brazos su cuerpo. Pero así es el ser humano, siempre anhelando lo que no tiene, y como hemos dicho, aunque Carmen sea una mujer atractiva,  Inocencio, no pierde la oportunidad de observar y catar con su mirada, las jovencitas que divisa desde su automóvil.

Un día, como otro cualquiera, igual que todos los días, Inocencio se dirigía al trabajo, y como todos los días, mientras escuchaba las noticias, miraba a los lados de la calle para ver el paisaje humano. De pronto, a su derecha, pudo divisar lo que claramente identificó en milésimas de segundo, como una preciosa mujer. Estaba de pie junto a un árbol como si estuviera esperando ver a alguien al otro lado de la calle, unos 20 metros antes del paso de peatones y el semáforo en el que tenía que parar nuestro amigo. Era una chica de unos 24 años, alta, con una melena ondulada y negra que bajaba de los hombros. Un rostro bonito con rasgos gitanos, vestía camiseta de tirantes ceñida, que marcaba unos bonitos pechos, y vaqueros ajustados que presagiaban unas largas y perfectas piernas. Alguna vez que Inocencio miraba algo muy interesante a un lado de la carretera, tuvo la fugaz sensación de que en ese momento no le importaba si delante de su auto hubiera algo o alguien que pudiera atropellar, en ese preciso instante sólo le interesaba satisfacer su curiosidad. Es como si jugara a la ruleta rusa, consciente del peligro pero esperando que a él no le sucediera.

Pues ésta vez es lo que debió pensar, pues antes que mirar al frente, decidió inconscientemente estudiar el mayor número posible de detalles de la preciosidad que estaba parada en la acera. Cuando estaba observando las manos de largos y estilizados dedos de la princesa, en milésimas de segundo se sucedieron varias cosas que no pudo entender hasta pasados unos segundos. Pudo oír un desagradable ruido seco y sentir que era lanzado hacia adelante un poco antes de notar que su cabeza chocaba con el volante aplastándole la oreja izquierda, pues iba mirando al lado derecho. Incluso le dio tiempo a ver la cara de susto de la chica mientras se llevaba la mano a la boca y emitía un grito. Luego todo fue lo de siempre, que si el conductor de delante le gritaba diciendo que en qué iba pensando, que si algún viandante le preguntaba si estaba bien, etc.

Gracias a que circulaba a unos 20 kilómetros por hora debido al tráfico, las consecuencias no fueron importantes para su salud, aunque los daños materiales fueran considerables sin llegar a saltar el airbag. Por cierto, la modelo “causante” del incidente desapareció, y mejor así, porque hubiera sido bochornoso para Ino tenerla al lado cuando ella sabía perfectamente por qué había ocurrido el accidente.

Después de la dura tarea de calmar al conductor del coche delantero, y una vez relajado el ambiente, cumplimentaron el parte amistoso de accidente y la grúa se llevó el coche de Ino, pues se había roto el radiador y el líquido refrigerante se derramó por la calzada.

Cogió un taxi para llegar al trabajo, pidió disculpas a su jefe y ocupó su puesto de contable en la factoría de Volkswagen.

Transcurrida la jornada laboral, llegó agotado a casa y con cierto miedo de las explicaciones que tendría que dar a su mujer por el incidente de la mañana, deseando que ella no fuera demasiado dura con él.

Abrió la puerta mientras estaba en dichas cavilaciones y entró en casa mirando al suelo, sumergido en su mundo. Al entrar en el salón casi le da un soponcio. Junto a Carmen, se encontraba la preciosa chica “causante” se su accidente matinal, con una sonrisa entre forzada y avergonzada.

– ¿Te acuerdas de Sofía? Es la hija de nuestros vecinos Antonio y Matilde, mira lo que ha cambiado en estos 15 años desde que se fueron a Estados Unidos, verdad que está hecha toda una mujer? Por cierto, me ha dicho que le pareció ver cómo ésta mañana has tenido un pequeño percance con el coche, ¿ha sido grave?

Inocencio, mientras miraba al sonrojado rostro de Sofía, pensaba: “¡tierra trágame!”

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